Un viaje al fin del mundo (santo antao)

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    claudio
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    En Praia habíamos dormido en el hotel Luar, había sido una noche calurosa tras un chaparrón de grandes goterones tan típicos del mes de agosto en cabo verde. Habíamos cenado en el restaurante de la esquina una feijoada de mariscos que, la verdad, no nos sentó muy bien por lo que estuvimos toda la noche visitando el baño…

    A las seis de la mañana cogimos un taxi al aeropuerto con las mochilas para coger el avión a Santo Antao (cuando aun habían vuelos hacia allí), nos caímos de sueño así que tras tomarnos un café y un sándwich en el bar del aeropuerto facturamos las mochilas y nos fuimos a la sala de embarque a echar una siesta.

    A las siete y media nos llamaron para coger el avión, salimos a la pista y vimos “el aparato que nos llevaría…” aquello era una avioneta de 10 o 12 plazas con pinta de tener mas horas de vuelo que el avión del Barón Rojo, los pasajeros éramos nueve, nosotros dos, dos parejas españolas, una joven madre con su hija y un chico joven.

    Subimos la pequeña escalerilla y nos sentamos en la segunda fila de asientos desde donde se veía perfectamente la cabina (en realidad casi íbamos dentro de ella), el resto del pasaje se sentó detrás nuestro bien en las filas de dos asientos o bien en la fila de un asiento. Al momento entró un sobrecargo que nos dio las instrucciones de seguridad encorvado (la altura del avión no permitía ponerse completamente derecho) y tras esto se bajo del avión subiendo la puerta que nos había hecho de escalerilla que mi mujer (Rosi), por ser la más cercana tubo que cerrar desde dentro… bien, pues así comenzó nuestro viaje a Santo Antao.

    Uno de los españoles, que parecía tener miedo a volar iba pálido y con la cabeza baja entre las piernas, la verdad es que aquello no era una experiencia recomendable si tenias miedo a los aviones…

    La avioneta enfiló la pista de despegue con un ruido tremendo a piezas sueltas y poco a poco fue alzando el vuelo pesadamente, tras unos minutos nos encontrábamos a altitud de crucero rumbo noroeste, el mar estaba completamente azul y durante nuestro viaje tuvimos una vista preciosa de Santa Lucia y los demás islotes así como de Sao Vicente, gracias a dios no hubo turbulencias, por que no sé si aquel viejo cacharro las hubiera podido resistir

    Poco a poco nos acercamos a Santo Antao, por su cara norte de manera que, como el avión había ya descendido mucho, veíamos a nuestra izquierda los magníficos riscos y acantilados de esta zona de la isla tan parecidos a los del Anaga en Tenerife. Tras un rato observando la magnifica vista comenzamos a aproximarlos a lo que en un principio nos pareció un campo de fútbol y que luego vimos era la pista de aterrizaje que se extendía sobre una pequeña isla baja (lengua de tierra en forma de semicírculo rodeada de mar que tiene como origen la llegada al mar de una colada volcánica) comenzando en un extremo y acabando en el otro de manera que si el avión no conseguía frenar a tiempo acabaríamos en el mar y si aterrizaba medio segundo antes correríamos la misma suerte.

    El aterrizaje fue sin novedad y nos bajamos del avión aliviados por haber superado aquella prueba de fuego, intentábamos no pensar que dentro de unos días tendríamos que realizar el mismo viaje pero en sentido contrario.

    A la salida del pequeño aeropuerto había varios aluger esperando para recoger a la gente, con lo que pronto conseguimos uno y le explicamos lo que pretendíamos hacer: necesitamos alquilar un todo terreno por que teníamos reservado en la pensión Mar Tranquilidade en Tarrafal do Monte Trigo en el otro extremo de la isla y queríamos tener cierta independencia para recorrer las carreteras a fondo (esta es la mejor opción para conocer las islas a nuestro entender) Joao, el conductor, puso cara rara y nos dijo que la pista era realmente mala y que cuando llovía se llevaba trozos de ella con lo que podríamos quedar aislados durante tiempo hasta que se restaurase, pero ante nuestra insistencia nos dijo que iríamos a Ribeira Grande a ver si había algún coche para alquilar.

    El camino que lleva desde el aeropuerto a Ribeira Grande es una carretera adoquinada que discurre sinuosamente los bordes de los escarpados acantilados dejándonos ver unas magnificas vistas del océano atlántico, a la llegada Ribeira la carretera cruza una amplia rambla de cantos rodados y depósitos que se han ido acumulando durante en eones de avenidas de aguas tumultuosas, dejando a la izquierda el campo de fútbol nos adentramos en la calle principal del pueblo, para unos canarios como nosotros aquello nos resultaba familiar, una calle empedrada bordeada a ambos lados por hermosas casas de tejados a dos aguas y fachadas de varias puertas y ventanas distribuidas de forma simétrica bordeadas de un marco de color distinto al de las coloridas fachadas. La verdad podríamos estar en una calle de Garachico o la Orotava.

    Paramos en una pequeño bar junto a la hermosa iglesia donde entramos con Joao, habló en la barra con un joven alto y flaco con perrilla que al saber que íbamos a ir en coche solos a Tarrafal do Monte Trigo nos miro con cara de reprobación y dijo que aquello era una locura, al ver nuestro libro de Elisenda nos dijo que la conocía y que había estado con ella en alguno de sus viajes a santo Antao y de nuevo volvió a insistir en que era mejor que fuésemos en aluger…

    A nosotros nos empezó a dar la impresión de que lo que querían era que fuésemos con Joao y así ganarse los 60 € que nos pedía por el trayecto, así que insistimos en que nosotros estábamos acostumbrados a carreteras sinuosas y con curvas y que si no era con Joao con alguien encontraríamos coche. Una vez quedo eso claro, les dijimos que lo único que necesitábamos era un buen mapa donde aparecieran las carreteras claritas, ya que con los mapas de Elisenda nos habíamos dado cuenta que en las pistas menores no te podías fiar.

    El amigo de Joao dijo que en Ponta do Sol había una librería donde podríamos encontrar un buen mapa así que volvimos a realizar el trayecto por la carretera del acantilado esta vez en dirección contraria hasta algo más allá del aeropuerto, en la librería compramos un buen mapa de los de Bela vista y con ello nos quedamos algo más tranquilos.

    El problema era que parecía que no quedaban coches de alquiler en toda Ribera Grande por lo que Joao sugirió que fuésemos hasta Porto Novo donde quizás pudiésemos encontrar algo.

    Así que hacia allí nos fuimos, disfrutando de las magnificas vistas del interior de Santo Antao con sus verdes y bucólicos paisajes rurales, sus pinares de pino canario que se replantaron tiempo atrás, agradecimos mucho la fresca brisa que corre en las alturas como suele ser común en nuestras escarpadas islas macaronésicas, luego tras para admirar la bella caldera volcánica de Cova do Paul, cambiamos de vertiente descendiendo hacia el sur de la isla. A medida que el paisaje se hacia mas árido y nos llegaba el calor, podíamos observar tras el brazo de mar que nos separaba de ella la magnifica bahía de Mindelo y la isla de Sao Vicente iluminada por el sol de la mañana.

    Al llegar a Porto Novo fuimos al residencial Antilhas cerca del puerto, donde en ese momento atracaba el ferry de Armas procedente de Mindelo, para ver si tenían coches y aprovechamos para comer en su restaurante, de nuevo no hubo suerte con lo que tras tomar un café nos fuimos al Por do Sol otro hotel en el interior de Porto Novo donde por fin encontramos un Samurai blanco que pudimos alquilar.

    Pagamos por adelantado el coche reservamos habitación en el hotel y quedamos con Joao para que nos recogiese de madrugada en el hotel cuatro días más tarde para volver al aeropuerto, metimos nuestros bártulos en el coche y nos fuimos a la gasolinera Shell a llenar el deposito por si las moscas… a todas estas eran las tres de la tarde con lo debíamos darnos prisa no se nos hiciese de noche, ya que con tanta aprensión se nos había metido el miedo en el cuerpo. Sin embargo en la gasolinera el hombre nos tranquilizó dejándonos ver que el Samurai podría realizar el trayecto y que no se tardaría mas de dos horas o tres en llegar, pero que fuésemos con cuidado y que no nos retrasásemos. Compramos unas botellas de agua, unos zumos Compal unas galletas y dos helados en una tiendecita de las de aceite y vinagre y salimos de Porto Novo en dirección este.

    La carretera hasta Ponte Sul es una larga recta que se va separando cada vez mas de la costa, allí una bifurcación a la izquierda se separaba del camino a Lagedos para continuar algo más sinuosamente en dirección este hacia Tarrafal, si bien seguíamos confiados, la carretera poco a poco se iba haciendo más sinuosa, a medida que nos internábamos y salíamos hacia las vertiente de los numerosos barrancos.

    Poco a poco la presencia humana se hacía más escasa, la carretera iba empeorando y tras pasar algunos pequeños asentamientos donde la gente nos miraba extrañada, la pista se convirtió en un camino de tierra polvoriento.

    El techo del coche que era descapotable, iba unido por pinzas, que a medida que los baches se hacían mas fuertes se saltaban haciendo que Rosi tuviera que sujetarlo con la mano, las vistas eran espléndidas pero la verdad era que en ocasiones estábamos demasiado preocupados para disfrutarlas, en una bifurcación un cartel señalaba la dirección a coger par Tarrafal nos animó un poco pues ya teníamos dudas de ir por el buen camino.

    Tras una de las curvas un impresionante espectáculo se abrió ante nuestros ojos en frente unas montañas de colores marrones y beige mezclados parecían una enorme bola de helado de chocolate y vainilla derritiéndose, debajo de nosotros se extendía una árida llanura. Pero aun nos quedaba descender la ultima pendiente, allí, a mitad de la bajada, tuvimos que pasar un bache que, aun que no dije nada, me dio la impresión de que a la vuelta no podríamos sortearlo. Al llegar a la llanura nos sentimos aliviados y las conversaciones volvieron a romper el tenso silencio que conservábamos desde hacia mas de una hora.

    Tras llevar un rato por la llanura aprovechamos para parar un momento a descansar y poner bien el techo del coche que, en aquel último bache tremendo, se había quedado completamente desmontado; con tal de disfrutar del impresionante silencio apagué el motor del coche… Bebimos agua y comimos algunas galletas y tras colocar las pinzas del techo giré la llave del coche…

    Run, run, run, poff… Run, run, run, poff… aquello no podía estar pasando… Run, run, run poff… nada, el coche no arrancaba… los peores pensamientos pasaron por nuestra cabeza en un instante, prepararnos para pasar la noche allí, esperar a que pasara alguien (no nos habíamos cruzado ni con una cabra desde hacia por lo menos una hora) bueno, bombee el acelerador, me recoloque en el asiento y… Run, run, rur, brorummmmm, ¡gracias a dios!!! ¡chiquito susto coño!!!, el coche por fin había arrancado pero se nos habían puesto de corbata. En fin, tras aquello volvimos a comenzar la marcha en silencio por la llanura.

    Poco a poco la carretera volvió a coger una suave pendiente descendente hasta que de repente a nuestros pies apareció nuestro destino, no se si eran los sustos que habíamos pasado, la larga travesía por aquel camino polvoriento o el cansancio de todo un día de viaje, pero aquel pueblito marinero al pie de los barrancos, rodeados de plantaciones de caña de azúcar y con la impresionante playa de arena negra nos pareció el mismísimo paraíso. El último tramo de curvas cerradas que descendían por la escarpada pendiente nos lo comimos en un abrir y cerrar de ojos y pronto llegamos a la playa donde bajo unas acacias se encontraba el bellísimo conjunto de casas que componían la pensión del Mar Tranquilidade.

    Allí en la terraza de la pensión estaban Susi y Frank, los propietarios, que nos recibieron con una sonrisa y una fresca cerveza que cogimos del mueble bar una pequeña nevera de apartamento en la terraza donde te ibas apuntando en una hojita lo que ibas cogiendo. nos acomodaron en uno de los preciosos apartamentos pasamos la tarde disfrutando de su compañía y la hermosa vista de la bahía donde los pescadores preparaban los barcos para salir a faenar.

    Al día siguiente, tras haber descansado del agotador viaje, hicimos una excursión a la playa que se extiende bajo los pies del pequeño volcán de Curralinho, donde un hombre holandés con su hijo nos había comentado durante el desayuno que habían cientos de enormes conchas. la playa era maravillosa, y la abundancia de conchas impresionante, las tortugas habían dejado durante la noche sus marcas en el camino hacia sus lugares de desove. a la hora de comer estábamos de vuelta dispuestos a pasar la tarde disfrutando de los paseos por el pueblo.

    A cosa de las seis de la tarde unos nubarrones comenzaron a apelotonarse contra los acantilados haciéndonos recordar las palabras del amigo de Joao (cuando llueve las riadas cortan la carretera y pueden quedarse aislados durante meses…), nos entró el pánico así que comenzamos a hacer las maletas hasta que Frank nos hizo entrar en razón: no era seguro coger la carretera anocheciendo y en medio de una gran lluvia. Se conectó a Internet para ver las imágenes del meteosat y llamó a unos amigos en Ribeira Grande y en Sao Vicente para ver si por allí , de donde vienen siempre los vientos en la macaronésia, esta lloviendo mucho. las noticias nos tranquilizaron: estaba lloviendo en Ribeira Grande, pero no demasiado y en el meteosat la inestabilidad no parecía demasiado preocupante. así que pasamos la tarde y la noche viendo llover y disfrutando de la maravillosa cena que preparó Susi.

    A la mañana siguiente, preocupados por como hubiese quedado la carretera, emprendimos el camino de vuelta tras despedirnos de nuestros anfitriones, quedando en que los llamaríamos al llegar al primer teléfono que se encontraba en una de las poblaciones del camino donde la carretera atraviesa un campo de fútbol por las porterías.

    La verdad era que el camino estaba bastante bien, la lluvia del día anterior había asentado el polvo de manera que el camino se hacia más cómodo, cuando llegamos a aquel bache que tanto me preocupaba aceleré en la curva y conseguimos pasarlo aun a costa de que el techo del coche quedara completamente suelto; esta vez cuando paramos para remontarlo no paramos el motor, no queríamos más sustos.

    Al llegar al pequeño pueblito donde estaba el teléfono, preguntamos a unas personas que estaban sentadas en un murito donde estaba el teléfono y nos llevaron a una casa en donde en el salón, en una mesa camilla con un mantel de croché y junto a la foto del hijo de la señora con uniforme militar se encontraba el teléfono “publico” desde allí llamamos a Frank y le comentamos “Frank we are here, we are alive!” Frank se rió y nos despedimos agradeciéndole de nuevo su hospitalidad y sus consejos.

    El resto del camino lo recorrimos con una mezcla de sensaciones, alivio por volver de nuevo a la civilización, tristeza por dejar atrás aquel hermoso paraíso donde nos gustaría habernos quedado, si no de por vida si por una larga temporada. había sido sin duda una de las mas intensas aventuras nuestras vidas, un viaje de ida y vuelta al fin del mundo.

    claudio
    Miembro

    He estado en Santo Antao hace 3 o 4 años y tambien me sorprendieron las medidas del “aeropuerto” en Punta do Sol. El viaje lo habia hecho en barco desde Mindelo y despues del desembarque, en el ultimo asiendo de una kombi, a la cual le debi una dolencia de coxis por un tiempo bastante largo.
    Sin embargo, habia una logica que explica el hecho que un avion de esas caracteristicas pueda despegar y aterrizar de ese minusculo campo. los alisios. El avion para llegar a la velocidad de sustentacion suma la velocidad propia con la del viento en contra, y por eso se mantiene en el aire a “relativa” poca velocidad como para usar esos campos. No sabia que ya no habia vuelos. Me comentaban que estaban haciendo un aeropuerto enla otra parte de la isla.
    No se si volvere para verlo.

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