Mis vivencias ( VIII )

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Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó  jose ramon hace 13 años, 7 meses.

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    jose ramon
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    Hola, Ya estoy aquí.

    Me he dado cuenta que he entrado en esta isla como un elefante en una cacharrería. Con poco tacto. Sin explicar nada. Y esta isla merece una atención aparte.
    Como conocedor de la isla de Sal, y pienso que como cualquier visitante foráneo, tengo el presentimiento de que todo el País es igual.

    Nada más lejos de la realidad. No me cansaré de repetirlo. Cada isla es distinta, totalmente distinta, y no solo geográficamente si no geopolítica y humanamente diferente. Distintas formas de vida, mejor dicho de subsistencia.

    Así como en Sal la vida “aparenta” fácil, dulce, lenta, parsimoniosa, cansina, a la busca del dólar o del euro occidental; aquí en Santiago, al menos en la capital, se nota agitada, nerviosa, a la carrera…

    En una palabra, lo que veo me gusta y no me gusta, no se si me entendéis.

    Por ejemplo.
    El mercado es agobiante, te pierdes si no vas con un nativo. Ves géneros buenos, tiendas bien surtidas, y… también ves autentica miseria. Tengo la sensación de estar en el continente, en África.
    La capital vive a la carrera, con estrés, oficinas, bancos, negocios, horarios, los “aluguer” vociferando a gritos su destino, con prisas, como para llegar antes a su destino. Y yo me pregunto: ¿Llegar antes a donde? ¿Llegar antes para qué?

    Pienso que hasta sin quererlo, y sin tener casi consciencia de la existencia de este País, se nota el yugo y la opresión de la “civilización” del Norte; o lo que es aún peor… ¿Por qué coño quieren parecerse a nosotros?

    Lo había dejado en el Patrol, después de perdernos por antepenúltima vez, tomando la carretera del Norte, carretera empedrada, de adoquines, salimos de la ciudad, del centro y veo pasar los suburbios; no me gustan, me repito, veo pobreza, miseria, basura…
    ¿Y quien soy yo para decir que no me gustan?

    Vamos subiendo por una cuesta, detrás de un viejo camión “Volvo” cargado de sacos de harina y encima, en lo alto, diez o quince personas con sus macutos y bolsas. Transporte colectivo. La necesidad obliga.
    Llegando al alto adelantamos al camión y en un pequeño llano veo algo que me tranquiliza, mejor dicho que me gusta. (Empiezo a asustarme a mi mismo por lo de que esto me gusta y esto no me gusta)… ¡Colegios!… Los niños y las niñas uniformados más o menos, saliendo del colegio. ¡Aún hay esperanza!… Da gusto verlos, uniformados, con los libros en la mano ellos, en el regazo ellas… me retraigo en el tiempo y me veo en el colegio… y me gusta. Me pregunto que les enseñaran… y quiero pensar que lo mismo que a mí pero en otro idioma… “en la casa de Pepíto… ía ía óoo” o “una por una es una… una por dos es dos…”; en una, dos o tres palabras: Cultura, Educación y Respeto. Me emociono.

    Menos mal que el claxon del Patrol me saca de mis pensamientos.
    Y mi anfitrión en la isla. ¡Que no me fío de su manera de conducir!

    Y de repente ahí está, la grandiosidad del paisaje, del paisaje montañoso, agreste, verde; totalmente distinto a la isla de Sal.
    Cordilleras, picos, montañas, carretera de montaña, curvas y más curvas…, un pollino o burrillo cargado hasta lo impensable de caña de azúcar, gallinas, cabras, vaquitas, más gallinas… paisanos y paisanas… una chica con un gran fardo de ropa en la cabeza… Pueblos que van pasando, bueno pueblitos, en una palabra ¡Vida!

    Hace muchos años que no recuerdo tener que parar para dejar pasar un paisano con sus vacas, o unas gallinas sueltas en el medio de una aldea, en medio de una carretera de pueblo. Carretera “Comarcal” les llamábamos en casa, jeje, ¡de pueblo coño! ¡Con boina y a mucha honra!… Esto me gusta…
    El paisaje me engulle, casi me siento como en casa de mi abuelo, allá en las montañas de Los Ancares, en mi Galicia natal. Me gusta ¡coño! me gusta.
    Tranquilidad, paz, y el don de hablar.
    Estamos llegando a los “dominios de mi anfitrión en la isla. Cerca de su casa. Paramos en un cruce de caminos hacia ninguna parte para tomar unas cervezas “frescas” pero menos. Una cantina, tienda, Club Social, y todo lo que queráis de un grupito de casas, pocas, seis o siete todo más, apretadas en una hondonada de terreno, seudo llana, con una pequeña vega de lo que se adivina huertas productivas plantadas de maíz, frijoles, y poco más. Un pequeño riachuelo serpentea, bueno el nombre de riachuelo le queda grande, lo pasa una chica con falda de tubo (me entendéis). Eso sí, bien aprovechado, con sus canalillos de riego a derecha e izquierda y toda la ostia.
    Nos sentamos a la sombra de lo que me parece una higuera (no estoy seguro) para tomarnos las cervezas, mirando la vega, la pequeña vega y charlar con los viejos ociosos del lugar. Mi anfitrión se presenta… ¡y lo reconocen!
    Me queda la duda si realmente lo reconocen, si reconocen a su madre o solo es por que paguemos otra ronda de cervezas del tiempo.

    Y de repente… ¡Zás!

    Yo, tan tranquilo, (poniéndome un “Ducados” en la boca, con la insana intención de fumármelo disfrutando relajado del paisaje y de la cerveza caliente), me siento perturbado y acosado por una sombra, fugaz, nerviosa, sobre mi hombro izquierdo; agarrado a cuatro manos a mi cuello y a mi pelo… ¡Hijo puta el macaco! o Tití, o monito o… la madre que lo parió que me jodió un “Ducados”… habida cuenta de lo caro que es un “Ducados” en Cabo Verde.
    Me gustan los animales. Pasado el susto inicial le hago “cucamonas”, le llamo “Tití”… jugamos con la colilla destrozada, le doy un caramelo… y cuando me quiero dar cuenta no puedo quitármelo de encima. Cuando me llevo la “Cristal” a la boca me la agarra con las manitas… ¡Ojo! el botellín. Tiene un pequeño cinturón de cuero a modo de collar, por lo que pienso que “es de la casa”. Y me mira con los ojos más listos y limpios que aya visto nunca. ¡Que monada!
    ¡Que problema! ¡Que me lo quieren vender! ¡Que el monito tiene más mili que la cabra de La Legión!… Mil excusas y otra ronda para pagar el rechazo.
    (El carbón de mono da más dinero que las cervezas calientes) Jeje.
    De todas formas tengo que reconocer que me gustó el tití. Cosas mías.

    Nos despedimos y al Patrol. Me empiezo a rascar con la obsesión de tener piojos, me pica por todos lados. Los otros se descojonan de risa, yo no le veo la gracia… ¿seré un soso?
    Y pienso en mi León.
    León es mi perro, un mastín leones de 95 Kg. de puro músculo.
    Mejor pienso en la relación causa efecto mastín/macaco. Y pensando…
    ¡Otra parada! En la Villa de mi colega. Es un pueblito con una plaza, un bar, Iglesia, lavadero, market, Policía…
    ¡Policía!
    Destacamento o cuartelillo de policía.
    Tres números.
    Bueno, mejor dos números y una “númera”
    O sea, dos hombres y una mujer.
    Aparcamos y nos metemos en el market/tienda para comprar comida y regalos para la madre.
    Cargados de bolsas salimos para el coche y…
    ¡La númera!, La guardia, la guardiña, la mujer que se tira al cuello de mi anfitrión… gritando como una posesa…
    ¡Desgraciado!… ¡Mala persona!… y no se cuantas cosas más por que mi portugués no da para más y mi criolo para menos. Mi instinto de supervivencia me lleva a mirar alrededor buscando un parapeto.
    No sé de ti… no llamas… no escribes… ¡Que broncazo!
    Se viene a ti una mujer, ¡y que mujer!, vestida de verde, con los cuatro botones de arriba desabrochados, con una placa y un pistolón de 9 mm Parabelum colgado del cinto y… no sé, que quieras que te diga pero acojona.
    Lo estruja, lo soba, lo besa, lo abraza…
    Amigo Veiga, estas perdido.
    ¡Todos al cuartelillo!
    Arrestados.
    El cuartelillo es una habitación con mesa, cuatro sillas, teléfono, un mapa de la zona y poco más. Bueno sí, un pequeño aparato de aire y un ventilador. Y una dependencia al lado, a través de una puerta que creo que hace las funciones de calabozo, almacén y lo que se necesite. Pero con algo muy importante, ¡una nevera!
    ¿Y que hay dentro de una nevera?
    Pues eso, que no llegamos a casa de mamá Veiga a la hora de comer ni de coña.
    ¡Cerveza!
    Y aquella guardia, aquella mujer… ¡Temblaba como mimbre verde!… ¡Que alegría de ver a un compañero del pueblo!… por que no seáis mal pensados, no fueron novios ni nada, solo vecinos, compañeros de escuela y de juegos de infancia. O al menos eso aseguraban. Jeje.
    Estamos a 2 Km. de casa de mi anfitrión y no podemos llamar a la madre por el móvil para decirle que nos retrasamos un poco, entre otras cosas por que la madre no tiene teléfono ni móvil ni Cristo que lo fundó. Normal.
    Mi colega Veiga se empieza a poner nervioso.
    La guardia que dice que nos acompaña.
    Veiga que no, ella que sí.
    Se quita el pistolón, lo mete en un cajón… ¡y ya es civil!
    Se monta con nosotros en el Patrol y tiramos para casa de la mamá de Veiga.
    Veiga nervioso. Me doy cuenta y le digo que llevo yo el coche.
    Salimos del pueblo y tomamos un caminito de cabras ascendente, difícil, y solo transitable por un todo terreno, en marchas cortas y con la reductora.
    Veo dos o tres casitas, con sus pequeños campos de maíz y caña de azúcar, feijao,
    unas gallinas y poco más, todo ello agarrado a la ladera de la montaña, como percebe a la roca brava.
    Paramos el Patrol en el único sitio posible para poder dar la vuelta.
    Y Veiga, señalando una casa a doscientos metros; la única casa a doscientos metros por un caminito llano i fácil nos dice: esa es la casa de mi madre, esa es mi casa.

    Continuará

    José Ramón

    Home de ferro

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