Mis vivencias ( IX )

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Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó  jose ramon hace 13 años, 5 meses.

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    jose ramon
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    … Y en mitad del camino hacia la casa… el amigo Veiga se para, como queriendo recordar, o tratando de ver y abarcar con sus ojos el paisaje, los pensamientos y recuerdos de la infancia.
    Mira montaña arriba y montaña abajo, se apoya en una roca al lado del camino y sus ojos parecen perdidos.
    Intuyo que en esa roca se ha apoyado muchas veces de niño, cuando las labores del campo o del pastoreo de las cabras, o a por agua, o a la vuelta del colegio…

    ¡Que tontería! Pero pienso que allá, en Portugal, ha soñado muchas veces con esa piedra. Lo noté por como la acariciaba, con disimulo.

    Nos paramos también, como para respetar su momento.
    El paisaje es perfecto, rotundo, verde, agreste y difícil; me gusta, coño, me gusta.
    Respiro hondo como queriendo guardar en el fondo de mi memoria todo lo que mis ojos no puedan abarcar.
    La “guardiña” no para de hablar, ya me está jodiendo. Me cae bien, pero estos momentos son sagrados e íntimos, sobre todo para el colega Veiga.
    Encendemos un cigarro, como para romper el embobamiento de la escena y disimular un principio de lágrima y “acongojonamiento” que está a punto de empezar a sentir el “patricio”.

    Me fijo en el paisaje. Montaña arriba sembrados de maíz con algunas alubias (Feixao) por el medio, buena cosecha; montaña abajo un poco de huerta, batatas, verduras, frutales… agricultura de subsistencia, pura y dura.
    Tienen agua, un arroyito minúsculo que baja de la montaña, pero que en esta tierra es oro. Arroyito arriba veo una pequeña presa artesanal, lo que me indica que no todos los días del año corre con abundancia.

    Miro hacia la casa, a cien metros y me gusta lo que veo.
    Parece grande. Tiene un pórtico o porche cubierto para estar sentado a la sombra los días de canícula, tomando una “fresca” o un grogue, mirando la propiedad, monte abajo, y más lejos el horizonte, y en el horizonte lo desconocido, lo ignorado, lo envidiado…

    Y en el porche veo gente, y una persona se levanta y viene hacia nosotros. Cien metros… cuatro mil kilómetros, cien metros… ¡Que larga es la distancia!…

    ¡Corriendo!

    Es la hermana mayor, que vive con su madre, en la casa. El resto de la familia toda emigrada, el padre muerto hace muchos años. Dos mujeres solas en una casa.
    Os omito todas las muestras de júbilo y cariño que vieron mis ojos, entre otras cosas por que son igual que aquí, en nuestra tierra.
    Eso sí, en lo siguiente que relato me quiero detener.

    Retomamos el camino hacia la casa y en el porche está la madre.
    Llegados a este punto tengo que reconocer que si en mi vida he visto una mujer, lo que se dice una mujer de pies a cabeza, es aquí. El por que lo entendería más tarde.

    La Señora.

    Sentada en una silla, mulata, mulata clara, bien vestida, con una edad que pasa de los se…taintantos, distinguida, con algo un no se qué, una prestancia y elegancia.
    ¡Y no se levantó de la silla! ¡Genio y figura!… en un principio me pareció raro, sin grandes muestras de cariño, cuando en realidad la procesión va por dentro.
    Corazón duro, acostumbrado de joven a las dificultades del camino, viuda joven con cuatro hijos, tres emigrados, lejos, uno en Portugal, otro en Francia y otro en EEUU, la mayor en casa, soltera, solas.

    Tengo la impresión de haber conocido a una “matriarca”, a una “Señora”

    La Señora.

    Pasamos al interior. La “guardiña” es bien recibida. Jeje. Por cierto, sigue llevando cuatro botones de la camisa desabrochados. Jeje.
    Traemos comida en abundancia, pollo, carne, pasta, arroz… pero lo que más es la ropa que le trajo el “Patricio” a su madre y hermana.
    En cuanto a la comida dice la Señora que hay suficiente en casa, hecha, y que no se va a tirar, con un poco de aquí y otro poco de allá… ¡Sí Señora!… de todos modos es tarde para cocinar.
    Nos apañamos con lo que hay, una especie de potaje de feixao con arroz verduras y carne que repartimos y que estaba de muerte, y un poco de queso que compramos abajo, en la Villa.

    Estamos en un comedor grande, en mi siguiente viaje he visto casas que cabrían en este comedor. Pero esa es otra historia.
    Fotos en las paredes. Esas fotos que ni son blancas ni negras, ni marrones ni en color, fotos de estudio retocadas, con sus marcos, colgadas de esa manera… separadas de la parte superior… ¿Me entendéis?, como en casa de mi abuela. Su marido en lugar preferente, con bigotes, bigotes de marino, de marino perdido…. debajo una vela… la Señora.

    Una nevera grande preside el comedor. Sospecho que ha tenido algo que ver el amigo Veiga.
    Y dentro de la nevera una botella de grogue.
    Al porche, a sentarnos y disfrutar de una buena sobremesa, por otra parte merecida y hablar, hablar, hablar…

    Nos sentimos como en casa, me refiero a mi colega el portugués y yo… y pienso que no me importaría vivir aquí, con lo bueno y lo malo, con sus carencias, con sus virtudes… y nos damos cuenta que a esta casa llega dinero, dinero de la emigración que les hace vivir mejor que otros. Y pienso… pienso en los míos, en los que se fueron buscando en la emigración a Suiza, Alemania, Cuba, Venezuela… un sentido a la vida; cuando el sentido de la vida estaba aquí. Lo siento, cosas mías.

    Pienso… Medito… Las cervezas que hemos subido ya están frescas, la tarde refresca… Y como moscas a la miel empiezan a desfilar vecinos salidos de no se donde…
    Empiezan a hablar de un pollo con arroz para la cena… para festejar…
    Hablo con el portugués de marcharnos a dormir a donde sea, para no estorbar, pillamos el Patrol y carretera; pero nos oye la Señora y que de eso nada, su casa es su casa, y que no molestamos. Donde duermen dos, duerme un regimiento.
    Aceptamos y nos arriesgamos, y la “guardia” también.
    Bajamos al Pueblo/Villa por más avituallamiento, más pollo, hielo en cubitos, la “guardiña” (que a todo esto estaba de servicio a firmar)…y encima me entero que era cavo, ¡comandante de puesto! ¡Coño! con esos botones quien se fija en las hombreras.
    ¡Cena en casa Veiga!, ¡Veiga está en el pueblo!
    Se corre la voz como la pólvora, y en una hora tenemos organizada una fiesta del copón.
    Ahí me tenéis otra vez demostrando mis dotes de cocinero con las tortillas de patatas.
    De aperitivo del tremendo arroz con pollo que nos prepararon para todos la Señora y su hija y una vecina.
    ¡Exquisito!
    Algunos días, cuando despierto, aún me parece recordar su textura, olor y sabor.
    Quiero recordar a los vecinos del lugar, buena gente, que aportaron lo que buenamente pudieron.
    Trajo uno un pastel de no se qué…
    Y como broche final una ¡Queimada de grogue!! Que impuse yo por ser gallego.

    ¡El no va más!

    A todo esto, y en un momento de la noche, juro que perdí de vista al amigo Veiga y a la de los botones…

    Continuará…

    José Ramón

    Home de ferro

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