En tierra de dragos II (sao nicolau)

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    claudio
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    Tras dormir hasta las 10:00 de la mañana nos levantamos con la cabeza como un bombo, el groge de la noche anterior en Tarrafal daba martillazos en las neuronas pugnando por salir al exterior; nos dimos una ducha y salimos los cuatro en dirección al Bela Sombra, el restaurante donde servían los desayunos para los huéspedes de la pensión y que estaba tan sabiamente regentado por aquella amable anciana que preparaba unos maravillosos dulces caseros y tradicionales.

    La señora debió ver en nuestras caras los síntomas de la resaca, por que además de prepararnos los habituales huevos fritos con jamón, queso y mermelada nos sacó una buena bandeja de cachupa que devoramos junto con varios litros de zumo y abundante café. Después nos comimos una buena selección de aquellos dulces y por ultimo un buen café expreso de maquina para terminar de despertar las neuronas y expulsar los demonios del groge.

    Nos despedimos de la señora que nos dejó una bolsita de roscos de almendras para el camino y, tras pasar por la mercaira y el mercado para surtirnos de provisiones, cruzamos el puente de piedra sobre la Ribera, aquel que el padre de Chiquiño (en la novela del mismo nombre de Baltasar Lopes) llamaba “de los encorbatadados”, porque en él pasaban los señores la tarde de esa guisa a principios de siglo; hoy en día los hombres seguían pasando el rato allí pero ya sin corbata.

    Saludamos al pasar a algunos conocidos y salimos en dirección a Lombinho, una baja estribación montañosa que separaba el valle de Ribeira Brava del de Agua Amargosa y donde algunos emigrantes venidos a más habían construido unos ostentosos chales; al llegar a la cima se veía el amplio valle y la llanura costera que se extendía hasta donde se perdía la vista: era un páramo árido donde apenas crecían algunas acacias y matojos que las diseminadas cabras y burros se afanaban por aprovechar; el cementerio de la ciudad estaba al comienzo de esta llanura, en un descampado solitario a la derecha.

    La carretera iba en dirección nordeste trazando una diagonal en la llanura y acercándose cada vez más hacia la costa hasta llegar a Baixo de Queimada, donde las estribaciones montañosas que acotaban esta llanura por la derecha, llegaban al mar introduciéndose en él, creando una zona de roques y bajíos; allí la carretera efectuaba una curva en dirección sureste, internándose sinuosamente entre los riscos que terminaban en hermosas e inaccesibles playas de arena blanca que se veían al fondo contrastando con el mar de un intenso azul.

    Dos kilómetros mas allá, las montañas se retiraban un poco de la costa creando una zona baja en la que se asentaba un pequeño pueblo llamado Morro Brás, un caserío marinero por el que pasamos sin detenernos mientras algunos niños salían a la carretera para saludarnos. La carretera continuaba bordeando la costa durante diez kilómetros más hasta que por fin se llegaba a Juncalinho, otro pueblito marinero; a partir de allí, en nuestro mapa de carreteras esta aparecía en rayitas discontinuas y de color blanco, lo que en los mapas de Bela-Vista quiere decir: “tramo chungo que te cagas en medio de la nada”; por esa razón y por que la fatiga resaquera apretaba decidimos parar en el pueblo para tomarnos alguna cosa y averiguar que tal estaba la carretera.

    En la explanada que hacia de centro del pueblo había una tiendita hecha de lata cuyo nombre era “o mercado do mundo”, en ella Rosi aprovecho para comprarse unas chanclas brasileñas a un euro; luego fuimos a visitar la hermosa iglesia: estaba rodeada de un muro de piedra marrón y encalada de blanco pero dejando ver piedras marrones lo que le daba un aspecto moteado muy curioso que hacia contraste con la puerta de color azul celeste bajo un pequeño rosetón de borde marrón.

    Tras salir, un “hombre blanco”, rodeado de cómo siete chicos pequeños “mulatos” nos pidió un cigarrillo, con lo que se trabó una agradable conversación; él era Luilli un italiano que había venido como turista y se había enamorado de una joven del pueblo quedándose a vivir en aquel caserío perdido de la mano de dios, los siete chiquillos que le rodeaban eran suyos (en Juncalinho no había electricidad hasta el año pasado con lo que supusimos que las noches debían ser muy aburridas…).

    Despidiéndonos de Luilli nos fuimos hacia el bar del pueblo, junto a la explanada, donde nos pedimos unos enormes tazones de café donde bañar nuestra resaca, mientras nos los estábamos terminando, un hombre como de unos cincuenta y cinco años, con pelo negro rizado y bastante clareado apareció ataviado con unos pantalones cortos y una camiseta de baloncesto del Barça. Se llamaba Tito y estaba de vacaciones en su pueblo natal, vivía en León donde era un prejubilado de las minas de carbón, al ver que erramos españoles se sentó con nosotros y pronto comenzaron a caer cervezas…

    Nos comentó que la carretera no era tan mala: el primer tramo estaba empedrado hasta la subida hacia la dorsal de la isla donde, a la altura de Jalunga (un caserío abandonado hacia largo tiempo), se convertía en una pista de tierra pero que tampoco estaba en un estado deplorable, el trayecto completo podía durar unas tres horas… Cuando empezó a proponer brindis con groge decidimos que era hora de irnos con lo que nos despedimos de él y de los demás que se habían ido uniendo a la conversación y nos fuimos para el coche.

    Antes de montarnos disfrutamos un rato viendo como un grupo de niños se bañaba en los charcones y piscinas naturales que se habían creado con la llegada de la lava al mar en alguna erupción remota.

    La carretera continuaba hacia el este, recorriendo la llanura costera a cierta distancia del mar, hasta que, en un determinado momento, viraba hacia el sur para encaramarse por un alto desnivel trazando curvas cerradas sobre un enorme muro de piedra que hacia las veces de muro de contención; la verdad es que construir aquello había tenido que ser una obra de titanes; a medida que ascendíamos podíamos ver abajo, a nuestra izquierda, una preciosa playa de arena negra que surgía encajonada en el final de un ancho barranco.

    Pronto comenzamos a adentrarnos en el árido interior con hermosos colores ocres y beiges donde apenas crecía algún matorral, como nos había comentado Tito la carretera se volvía ahora una pista de tierra pero de trazado regular y buen firme por lo que nuestro todo terreno no tenía dificultad para seguir. Cada cierto tiempo alzaban el vuelo pequeñas bandadas de gallinas de guinea, unas gallináceas negras con motas blancas y cuello y cabeza calva que se marchaban ruidosamente con su particular cloclido.

    Tras un rato ascendiendo, llegamos a una ladera desde la que se veía el caserío de Jalunga, un pueblo de unas quince casas de piedra que había sido abandonado tiempo atrás, seguramente debido a un prolongado periodo de sequía y a la emigración, sus techos habían desaparecido dejando al descubierto los interiores de las estancias que se resecaban al sol, la imagen aunque triste era preciosa y comentamos lo bonito que sería repoblar aquel pequeño poblado de nombre tan sugerente.

    Seguimos avanzando, ahora de nuevo en dirección este, bordeando las estribaciones de la cordillera de Urzeleiros, que eran la mayor elevación de la isla en esta zona, encontrando de vez en cuando pequeñas poblaciones de tabaibas dispersa que bebían de la lluvia que dejaban las nubes al chocar contra las montañas, poco a poco la carretera volvió a tomar rumbo sur y a descender por un campo de color ocre que bien podría haber estado en Marte por su extrema aridez.

    Tras un buen trayecto por aquel paisaje de otro mundo pudimos empezar a ver en el final del camino el hermoso pueblo de Carrizal que se desparramaba por las dos laderas de un barranco donde surgía un exuberante bosque de acacias y palmeras cocoteras… vamos, un espectáculo digno de postal.

    Al llegar a carrizal paramos en la pequeña explanada junto a la antigua fábrica de conservas, ahora en desuso, donde unas acacias hacían una buena sombra para dejar nuestro coche, nos acercamos al borde del pequeño risco que marcaba la vertiente del barranco y pudimos observar el espectáculo: allí abajo, a cinco metros que bajaba un ancho comino empedrado, se extendía una paradisíaca playita de arena negra al borde de un gran bosque de acacias y cocoteros que se internaba por el interior del barranco; en la playa barios niños se bañaban observados de cerca por los numerosos cerdos gallinas y burros que pululaban sueltos en busca de alimento.

    Nos pusimos los bañadores y bajamos a darnos un buen chapuzón el mar jugando con los chicos y nuestra pelota de plástico. Tras un rato de asueto cogimos nuestras cosas y nos internamos en el interior del bosque de acacias recorriéndolo maravillados, tenia una enorme extensión y, aunque podías ver como saltaba a nuestro paso algunas langostas (saltamontes de gran tamaño que a veces se convierten en plagas) el bosque rebosaba verdor.

    Tras estar caminando media hora por aquel bosque llegamos a un claro donde había numerosas huertas de papayos, yuca, árboles del pan y cocoteros. De un naciente caía un pequeño chorro de agua hasta una poza donde unas garzas blancas estaban bebiendo, mas adelante una señora cortaba leña de unas acacias, saludamos y seguimos internándonos por el barranco hasta que llegamos a una enorme cortada que le ponía fin al barranco y al bosquecillo, allí hicimos un alto para comer algunos manises, mangos y galletas que habíamos traído para almorzar y tras un merecido descanso volvimos hacia la playa donde nos dimos otro chapuzón.

    Pasamos la tarde en compañía de los niños, disfrutando de la idílica playa y a eso de las cinco recogimos el campamento para volver sobre nuestros pasos, en la radio cuando íbamos por la llanura costera hacia Juncalinho iba sonando Alfa Blondy con su tema Jerusalem, realmente una experiencia maravillosa, mientras disfrutábamos de esos atardeceres de postal tan típicos de las caras norte de las islas macaronésicas en las que el inmenso mar comienza adquiriendo tonos plateados para luego tornarse naranjas y rojos entre las brumas de los vientos alisios.

    Cenamos en el Bela Sombra un atum grelado con verduras guisadas maravilloso y comentamos durante largo rato los incidentes de la jornada, había sido un día estupendo y todos coincidíamos en que Carrizal era uno de los parajes más bonitos de todos los que habíamos visto en Cabo Verde.

    claudio
    Miembro

    nos han gustado mucho tus relatos y opiniones sobre cabo verde, nos gustaria saber como lo ves para vivir alli siendo mujeres con 1 niño y dos niñas de 6 y 7 años todos en edad escolar, q tal la educacion alli? como son tratadas las mujeres? q tal esta la vivienda ? en fin queremos canviar nuestra vida y nos gustaria saber todo de cabo verde

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